Mayo: la Pascua de María

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Según san Ignacio de Loyola, para Ella fue la primera visita aquella mañana de Pascua. Y la encontró, como tantas otras veces, como aquella otra mañana de Nazaret, rezando. María, “mujer orante” la llamaba san Juan Pablo II, ha quedado en silencio desde la hora de la Cruz. Su dolor es ahora tan grande como su amor, porque es precisamente eso lo que le duele: su amor a Jesús. Un dolor que se va transformando lentamente en oración. Ése es el lenguaje que mejor conoce, el de la oración, el lenguaje de la esperanza, como nos recuerda Benedicto VXI. No podemos poner palabras a la oración de María. Quizá las de san Juan de la Cruz: “¿a dónde te escondiste, Amado?”. Quizá no hay palabras. Pero María espera. Una vez más, repasa en su corazón los gestos, las palabras, las promesas de su Hijo. Vuelve a escuchar: “El Hijo del hombre va ha ser entregado…lo matarán…pero al tercer día resucitará”. Y cree, contra toda esperanza, cree. Se queda esperándole a Él; no espera nada más, no quiere nada más.

Así la encuentra Cristo resucitado, esperándole, deseándole. Se acerca y la llama: “Madre”. Ella se sorprende; Ella que está tan unida a Dios, no lo controla, y se deja sorprender, llevar en volandas. Se vuelve y ve a su Hijo como nunca, glorioso, resucitado, vencedor para siempre. El amor que Ella ha experimentado, el amor que le ha llevado hasta el extremo, ha ganado, nos ha ganado.

Se abrazan, como gesto de infinita gratitud. La Virgen alcanza así la cumbre de la vida de oración, la pura acción de gracias, y comprende que esa oración que le nació del corazón en casa de Isabel se cumple ahora.

Y hablan de mí. De la oveja perdida, del que ha huido, espantado por la Cruz, por la entrega. Y salen a buscarme.

San Ignacio invita a pedir: “pedir gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”. Alegrarme con su alegría, hacer mía su victoria, gozar con la Redención. Ese gozo es el que nos trae María en el mes de Mayo. Compartir este mes con Ella es contagiarnos de su alegría y aprender a vivir de veras con Cristo vivo.

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