Confesiones de un peregrino del familión

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Los seminaristas de la etapa discipular (1º y 2º) tuvimos la inmensa alegría de terminar el Camino de Santiago con “El Familión”, la comunidad de familias de Acción Católica que comenzó su peregrinación desde Roncesvalles en octubre del 2014.

Más allá de la profunda experiencia de vitalidad de la Iglesia en la fe de las familias con sus pastores que disfrutamos todos, supuso para mí volver a la fuente, su divino Corazón, donde brota mi identidad: quién soy, quién estoy llamado a ser en el mundo. Tenía once años cuando en mi familia comenzamos a caminar desde Roncesvalles, y ahora, con diecinueve, no puedo sino afirmar que el Camino ha sido el cauce donde el Señor me ha regalado ser suyo, para que yo sea Él en el mundo. ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!—dice San Pablo a los romanos—¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! Ante este abismo de generosidad del Señor, que se ha revelado como origen, guía y meta de mi existencia, ¡lo mínimo es entregar la vida!

El Señor realiza su plan de salvación personal con cada uno, durante toda la vida. Dentro de la mía, o lo poco que llevo de ella, “El Familión” ha sido el lugar de encuentro privilegiado con Cristo en la carne de la Iglesia. Gracias a las vacaciones de Tortosa y Málaga, junto al Camino, mi familia ha estado injertada desde siempre en una familia de familias (de ahí el nombre) que teniendo a Cristo en el centro ha crecido en sabiduría, estatura y gracia siempre como hija de la Iglesia. Parte fundamental de esta familia son los sacerdotes, cuya alegría y felicidad me cautivaron desde pequeño e inexorablemente me llevaron a preguntarme: y yo, ¿qué?¿me llamará el Señor también?

Gracias a la naturalidad y confianza en las relaciones con los sacerdotes y seminaristas fui madurando, sin saberlo del todo, en esta pregunta vocacional. Las amistades sanas que uno forja en este ambiente lo animan a ser auténtico, no cabe ocultarse por miedo al qué dirán. Mi familia y amigos me conocen, saben cómo soy: cabezota, picao, con ganas de llevar la razón y llamar la atención, quedar bien… pero me quieren. Los monitores, igual. Es un ambiente amable y acogedor, como realmente debe ser la Iglesia para todo el mundo. Y en este ambiente, naturalmente uno se pregunta por su vocación. ¿Acaso no es lo que todo cristiano está llamado a vivir y de hecho vive, y si no lo vive se desorienta como de hecho pasa?

Llegado a la adolescencia me encontré entonces que esa atracción ¡había madurado en deseo!¡yo deseaba entregar la vida! Y no podía pensar otra cosa de mi futuro que ser sacerdote. Entró entonces con fuerza la duda: ¿sería una imaginación mía?¿lo querría el Señor? Durante el último año de secundaria le daba vueltas y vueltas a esto, en las etapas del Camino volvía ese deseo con fuerza, hasta que por fin llegó el verano previo al bachillerato. Era el primer Málaga, y yo, como todos, con pena y mucha ilusión, empecé el encuentro con la conciencia de que tenía que ser entonces cuando el Señor me resolviera la duda. Y así fue, en la Hora Santa de jóvenes me puse delante de Él y abriéndole mi corazón me respondió con su palabra: “No temas, que te he redimido, | te he llamado por tu nombre, tú eres mío” (Is 43, 1b). De esta manera confluyeron en mí el deseo íntimo de entrega junto con la voluntad de Dios. Descubrí que ese deseo había sido puesto en mí por Dios para que Él mismo lo llenara. ¡Cómo no entregar la vida, si para eso he sido creado, para que Cristo pueda hacerse presente en medio del mundo y así todos los hombres se salven!

Tenemos tanto para estar agradecidos como para empezar a vivir de una vez por todas la vida a la que nos llama Cristo, sabiendo que todo lo hemos recibido de Él para la salvación del mundo. Y para vivir esta vida, todo lo que hemos aprendido en el Camino: a mirar la realidad entera desde Cristo; a reconocer nuestra meta final con Él; a orientar nuestra totalidad a Él; a vivir en clave descendente, imitando al Maestro pobre y humilde; a cargar con nuestras cruces, nuestros sufrimientos, con la conciencia de que Él cargó con nuestros pecados y así nos salvó; viviendo a su lado, sostenidos por su fidelidad y misericordia eternas; como miembros de su Cuerpo, la Iglesia, Esposa del Cordero; y finalmente caminando tras sus huellas, como discípulos suyos llamados a ir al mundo entero proclamando el Evangelio.

¡Gracias Señor por el Familión!

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